Las redes criminales albanesas han dejado de buscar control territorial. Ahora buscan eficiencia en las rutas del narcotráfico hacia Europa, convirtiendo a Latinoamérica en su base de operaciones. Esta mutación del crimen organizado contemporáneo es menos visible, pero notablemente eficiente.
Los clanes albaneses llegaron primero a Ecuador, donde encontraron el entorno perfecto. La debilidad institucional, la corrupción en los organismos de control, una economía dolarizada con incipientes controles antilavado, y el aumento de demanda de cocaína en Europa, fueron factores cruciales. En apenas diez años, se convirtieron en la plataforma principal para enviar drogas hacia el viejo continente y Asia.
Lo diferente de estas redes es su estructura: operan como coaliciones que evitan la violencia. «Mantienen un perfil muy bajo porque saben perfectamente bien que fomentar violencia no es bueno para el negocio», según expertos de la DEA. Se integran en estructuras legales, documentan a miembros con identidades falsas y se casan con mujeres locales para lograr residencia permanente.
Para Centroamérica, la amenaza crece. Contener estas redes exige una decisión política sostenida en el tiempo, más allá del ciclo de una sola administración, advirtiendo que solo el fortalecimiento institucional y la cooperación regional podrán enfrentar este fenómeno que opera en la sombra sin disparar un arma.





















































