Rusia enfrenta una larga estanflación, con un crecimiento improbable que supere el 1% este año e inflación persistente del 6% o más, según analistas internacionales.
La desaceleración económica está frenada por la ofensiva de cuatro años en Ucrania y las sanciones occidentales. Las industrias manufactureras, la producción industrial y la construcción son los sectores que peor se desempeñan, lo que genera preocupación en toda la estructura productiva.
El gobierno de Rusia ha decidido incrementar el impuesto al valor agregado del 20 al 22% en 2026, sumado a aumentos en otros tributos y eliminación de beneficios fiscales. Esta medida refleja las dificultades fiscales del Kremlin para financiar sus gastos, especialmente el militar. La estrategia económica rusa en tiempos de guerra se centra en un modelo de resistencia basado en disciplina fiscal, control estatal y legitimidad sustentada en la estabilidad, no en el crecimiento.
La opción más prometedora para reactivar la economía es la menos probable, ya que requeriría que Putin esté dispuesto a poner fin a la guerra en Ucrania. El declive económico podría ser un punto de inflexión, con Rusia quedándose sin reservas líquidas y llevando al Kremlin a recortar el gasto público. Mientras la economía global enfrenta estos desafíos geopolíticos, la incertidumbre se extiende a mercados internacionales y cadenas de suministro que incluyen a Latinoamérica.







































