La ouija, el popular tablero usado para comunicarse con los espíritus, se patentó a finales del siglo XIX con un objetivo claro: el éxito empresarial. Lo que hoy muchos consideran un objeto sobrenatural fue, en realidad, el resultado del ingenio comercial de empresarios estadounidenses.
En el contexto del siglo XIX, el espiritismo estaba en auge. Desde mediados de 1800, miles de personas acudían a sesiones con médiums, convencidos de que podían comunicarse con familiares fallecidos. El movimiento espiritualista, que cobró gran fuerza especialmente después de la Guerra Civil estadounidense, proporcionó el terreno perfecto para el surgimiento de artefactos que facilitaran el contacto con los muertos.
Hacia 1886 ya circulaban por el Medio Oeste de Estados Unidos tableros caseros para hablar con los espíritus. En 1890, unos socios de Baltimore crearon una empresa para fabricarlos. El empresario Charles Kennard, junto con el abogado Elijah Bond y el inversionista William Fuld, decidieron unificar esta idea en un producto comercial viable.
El 10 de febrero de 1891, se otorgó formalmente la patente oficial del invento como un «juego de mesa interactivo». Según los mensajes publicitarios, el nombre «ouija» procedía de una palabra egipcia que significaba «buena suerte». Sin embargo, eso no es cierto: se trata de una estrategia para reforzar su asociación con lo misterioso y lo sobrenatural.
La ouija se hizo tan popular que en 1892 ya había fábricas en Baltimore, Nueva York, Chicago y Londres. William Fuld, un emprendedor de Baltimore, comenzó a ser conocido como el verdadero padre de la ouija por los medios porque fue bajo su empuje empresarial como el tablero se convirtió en un verdadero fenómeno.










































