Las proyecciones económicas para el Mundial 2026 fueron ambiciosas. Los organizadores anunciaban un impacto global de 80 mil millones de dólares, una cifra comparable a la generada por 104 Super Bowls consecutivos. Sin embargo, ahora que el torneo ha concluido, surge una pregunta inevitable: ¿se materializó realmente esa bonanza turística y económica que se prometió?
Los datos preliminares muestran un panorama mixto en diferentes regiones del mundo. Mientras algunos países anfitriones reportaron aumentos significativos en llegadas de turistas y movimiento en comercios locales, otros enfrentaron resultados menos alentadores. Las inversiones en infraestructura realizadas años atrás comenzaron a generar retornos, aunque no siempre en las magnitudes esperadas. Los sectores de hotelería, transporte y gastronomía experimentaron incrementos en sus ingresos, pero la distribución de estos beneficios no fue equitativa en todos los territorios.
Para Centroamérica, el torneo representó tanto oportunidades como desafíos. Aunque la región no fue sede del evento, muchas empresas turísticas y de servicios en Honduras, El Salvador, Guatemala y otros países intentaron captar visitantes que se desplazaban entre sedes. El flujo migratorio de aficionados generó movimiento económico en ciudades fronterizas y puntos de conexión aérea, aunque el impacto fue modesto comparado con otras regiones.
Los especialistas en economía deportiva ahora debaten las lecciones aprendidas. Proyecciones tan grandes requieren de condiciones económicas estables, infraestructura robusta y una distribución equitativa de inversiones. Para futuras competiciones mundiales, los análisis sugieren ser más cautelosos con las estimaciones y enfocarse en beneficios sostenibles a largo plazo para las comunidades locales, más allá de las ganancias inmediatas.













































