El fenómeno de El Niño se intensifica en América Latina con proyecciones de convertirse en uno de los más severos registrados. En Centroamérica, unos 41 millones de niños y niñas vivirán entre octubre y diciembre en zonas con lluvias muy por encima o por debajo de lo habitual, generando una doble amenaza de sequías e inundaciones que golpea principalmente a los más vulnerables.
En Guatemala, Honduras y El Salvador, el 78.6% de familias agricultoras reportó pérdidas de cosechas del 75-100%, mientras que el 64.2% tiene reservas de maíz para apenas tres semanas. Esta situación acelera de manera alarmante la inseguridad alimentaria en la región, justo cuando miles de hogares campesinos dependen de sus cosechas para subsistir.
La escasez de agua ya afecta servicios críticos, con reducciones en el abastecimiento de agua, agricultura e hidroelectricidad, e incluso ha limitado la capacidad de tránsito del Canal de Panamá. Este efecto dominó amplifica el impacto económico en toda la región centroamericana, donde el comercio depende de estas rutas.
A diferencia de otros desastres, El Niño puede pronosticarse con meses de anticipación, ofreciendo a gobiernos y organismos humanitarios una oportunidad para actuar antes de que la pérdida de cosechas y falta de agua se conviertan en crisis mayores. Sin embargo, actualmente menos del 1% de la financiación humanitaria se destina a acción anticipatoria, dejando a Centroamérica en una posición vulnerable frente a las semanas críticas que se avecinan.









































