En un país donde enfermarse ya es una batalla cuesta arriba, descubrir que medicinas compradas con dinero público permanecían almacenadas sin llegar a hospitales ni centros de salud no es solo una falla administrativa: es una injusticia social.
La reciente revelación hecha por Nasry Asfura deja al descubierto una verdad incómoda. No se trataba de falta de presupuesto. No era ausencia de compras. El problema estaba en el camino, en esa cadena silenciosa donde los medicamentos se detuvieron mientras los pacientes seguían esperando.
Cuando la burocracia enferma
Cada caja olvidada en una bodega representa:
- Un tratamiento interrumpido.
- Un adulto mayor sin medicación.
- Un niño esperando una dosis que ya fue pagada.
La salud no se mide en inventarios llenos, sino en vidas atendidas a tiempo. Comprar medicinas y no distribuirlas es como construir un puente y no abrirlo al tránsito: inútil, costoso y cruel.
No es escasez, es gestión
Este caso desnuda un problema estructural: mala gestión, falta de controles y ausencia de responsabilidad clara. Cuando no hay trazabilidad, cuando nadie responde por el último eslabón, el sistema falla… y siempre falla hacia abajo, hacia el ciudadano común.
Aquí no se necesita retórica. Se necesita:
- Transparencia en inventarios
- Control real de distribución
- Responsables con nombre y apellido
- Y una auditoría que no mire para otro lado
La salud no espera
La enfermedad no entiende de trámites, calendarios ni excusas técnicas. Un medicamento que no llega a tiempo puede ser la diferencia entre vivir y morir, entre aliviar o agravar.
Este no es un tema político. Es humano.
No es ideológico. Es ético.
Porque cuando las medicinas se quedan guardadas, la injusticia no está en la bodega… está en el sistema. Y un sistema que no sirve al enfermo, simplemente no está cumpliendo su razón de ser.






















































