En las últimas semanas, Rosario Murillo ha escalado su lenguaje ofensivo y deshumanizante hacia críticos del régimen, utilizando términos como bacterias, hongos, comejenes, malandros y filibusteros. Este patrón de insultos diarios no es una casualidad, sino una estrategia calculada que recuerda a mecanismos de represión histórica en otros países.
La codictadora ha afirmado que los opositores no son personas humanas, un discurso divulgado ampliamente por medios independientes que funcionan en el exilio debido a la represión y censura. Aunque repetido constantemente a través del sistema de agitación política del régimen, algunos lo ven como folclor político, pero esto no debe permitirse.
La deshumanización a través de insultos no es un arrebato de enojo, sino una estrategia de poder. Analistas advierten que este lenguaje recuerda propaganda nazi, el régimen de Mussolini que tildaba opositores de enfermedades a extirpar, y los discursos de odio en Ruanda que precedieron el genocidio de 800,000 personas.
Murillo ha sido sancionada desde 2018 por Estados Unidos, Canadá, Suiza y la Unión Europea por responsabilidad en represión de nicaragüenses, además de enfrentar orden de captura internacional desde diciembre de 2024 por tribunal argentino por crímenes atroces. El impacto de esta retórica autoritaria trasciende Nicaragua, afectando el clima político regional en Centroamérica donde la libre expresión y derechos humanos permanecen bajo presión.


















































