Las protestas se extienden por al menos 12 países europeos, con Francia como epicentro de una rebelión que evidencia la frustración de la generación Z ante un futuro incierto. Francia registra hasta 800 mil manifestantes, Barcelona vive disturbios y las protestas alcanzan Italia, Portugal y Albania.
En las capitales de España y Portugal, los jóvenes han acampado para protestar por los elevados alquileres. Las demandas van más allá de vivienda: París ha salido a las calles en rechazo a las pobres condiciones de sus colegios, en Madrid, cuestionan los precios de las viviendas, y en gran parte de Europa, los más jóvenes dicen sentirse frustados ante la falta de empleos.
Según Yanina Welp, politóloga experta en democracia y movimientos sociales, la causa subyacente de estas manifestaciones es la pérdida de capacidad del Estado de bienestar en el contexto europeo. Las poblaciones de Europa están envejeciendo y su deuda está aumentando; mientras tanto, los gobiernos lidian con los crecientes gastos de pensiones y otros programas. El malestar afecta a europeos de todas las edades, pero son los jóvenes quienes enfrentan el panorama más sombrío a largo plazo.
La oleada de protestas representa un punto de quiebre intergeneracional. Las manifestaciones han reabierto una discusión sobre la capacidad de los gobiernos para garantizar condiciones materiales de bienestar. Las protestas expresan demandas diferentes, pero coinciden en una interrogante fundamental: ¿qué legitimidad conserva un modelo de bienestar cuando quienes deberían heredarlo comienzan a dudar de que podrán disfrutarlo? Este fenómeno europeo refleja tensiones económicas y sociales que también afectan a jóvenes en Centroamérica, donde el desempleo y la falta de oportunidades siguen siendo obstáculos importantes para la población juvenil.








































