Afganistán enfrenta el mayor movimiento de retorno forzado de refugiados en la historia contemporánea. Más de 6,1 millones de afganos han regresado al país desde 2023: casi 2 millones desde Pakistán; 4,2 millones desde Irán; y más de 46.500 desde Turquía. Solo este año, el número de deportados desde Pakistán e Irán ha alcanzado ya un millón.
Familias enteras que nunca pisaron Afganistán aterrizan en el caos. Nazia, de 35 años, apenas unos minutos después de cruzar la frontera desde Pakistán hacia Afganistán dice «es una sensación maravillosa estar en mi propio país», pero suspira: «nunca antes había estado en Afganistán y mucha gente aquí ni siquiera tiene suficiente pan para comer». Casi toda su familia, ocho hermanas y sus hijos, fueron deportados a Afganistán este año desde Pakistán o Irán.
Los retornados llegan a un país devastado. Casi 22 millones de personas necesitarán asistencia el próximo año, lo que convierte a Afganistán en «uno de los países con mayores necesidades humanitarias del mundo, solo detrás de Sudán y Yemen». Menos de la mitad de los retornados posee documentos que los vinculen legalmente con Afganistán. Sin identidad legal, no pueden acceder a servicios, educación, salud, empleo ni protección.
Una lección para la región. Aunque Centroamérica no acoge afganos, la crisis refleja presiones migratorias globales. La restricción de rutas migratorias no detiene los movimientos de personas, sino que los empuja hacia caminos más peligrosos, según el Informe Mundial sobre Migración 2026 que coloca a Centroamérica en el corazón de una de las transformaciones demográficas más complejas del continente. La cifra de personas interceptadas en la frontera estadounidense cayó de 1.65 millones en 2024 a menos de 180.000 en 2025, debido al endurecimiento sin precedentes de la política migratoria estadounidense.












































