Khaemwese, un príncipe de la familia real egipcia, vivió hace más de tres milenios durante el reinado de su padre Ramsés II. Cuando Ramsés II gobernaba Egipto, hacia el siglo XIII a. C., algunas de las pirámides más famosas del país llevaban más de mil años en pie. Este príncipe se distinguió no por conquistas militares, sino por su curiosidad extraordinaria hacia el pasado de su propia civilización.
Sumo sacerdote del dios Ptah de Menfis, mago, arquitecto y el primer «arqueólogo» de la historia, el príncipe Khaemwese es un personaje singular y fascinante. Supervisó la construcción del templo funerario de su padre en Tebas, el Ramesseum; también dirigió las obras de la gran sala hipóstila del templo de Amón en Karnak y de los templos de Pi Ramsés, la nueva capital fundada por Ramsés II en el Delta. Su rol le permitió acceder a antiguos monumentos que necesitaban restauración.
Se le considera el primer «arqueólogo» de la historia. En Saqqara inspeccionó muchos monumentos antiguos y quedó desolado al ver el estado de abandono en que se encontraban. En todos ellos dejó constancia de su actuación a través de inscripciones que documentaban sus restauraciones en las pirámides de Unas, Shpeseskaf, Sahure, Djoser y Userkaf. Aunque sus métodos diferían de la arqueología moderna, Khaemwese demostró una mentalidad investigadora única para su época.
Su legado trasciende lo meramente constructivo: representó el primer intento documentado de preservar y estudiar el patrimonio histórico de una civilización. Este interés en entender el pasado es una característica humana universal que hoy impulsa a arqueólogos en Honduras, Guatemala y el resto de Centroamérica a proteger y estudiar los sitios mayas y otras culturas precolombinas. Khaemwese nos recuerda que la búsqueda del conocimiento histórico es tan antigua como la civilización misma.
















































