Un siglo de especulación sobre uno de los mayores misterios criminales de la historia británica se desmorona con un simple dato: los documentos contemporáneos contradicen los desplazamientos que necesitaría haber realizado para cometer los asesinatos.
Durante décadas, historiadores aficionados y teóricos de conspiraciones señalaron al príncipe Alberto Víctor como el posible autor de los crímenes de Jack el Destripador. El duque de Clarence y Avondale, príncipe Alberto Víctor, hijo del rey Eduardo VII y nieto de la reina Victoria, se convirtió en el rostro de una de las teorías más audaces de la criminología: que la familia real británica ocultaba un secreto oscuro en el corazón de Londres.
Pero los hechos cuentan una historia diferente. Su paradero documentado vuelve a apartarlo de Londres durante la franja temporal del crimen. La teoría no nació durante los asesinatos de 1888. Fue ganando forma durante el siglo XX y adquirió especial notoriedad entre finales de los años sesenta y la década de 1970.
Los feminicidios atribuidos a «Jack, El destripador» fueron al menos cinco durante el año 1888. Todos los ataques fueron hacia mujeres que se dedicaban a la prostitución, y cada uno incluyó horripilantes detalles de saña en su modus operandi: cortes en la garganta, mutilaciones genitales y desfiguración del rostro. Whitechapel, un deprimido barrio del East End de Londres, fue la zona donde ocurrieron estos crimenes que nunca fueron solucionados oficialmente.
La asociación entre Alberto Víctor y el criminal más famoso de la era victoriana se basó en rumores, no en evidencia. Los académicos califican estas teorías como fantasías y hacen referencia a las pruebas indiscutibles de la inocencia del príncipe. Lo que comenzó como cotilleo de la prensa amarilla del siglo XIX se transformó en una conspiración urbana que perduró más de cien años.
Alberto Víctor nunca llegó a reinar. Una neumonía terminó con su vida en enero de 1892, cuando todavía seguían las especulaciones. Su hermano Jorge heredó el trono, y con el tiempo los registros históricos demostrarían que el príncipe acusado simplemente no pudo estar en los lugares donde ocurrieron los crimenes.
Este caso es un recordatorio de cómo los mitos históricos pueden persistir incluso cuando las evidencias apuntan en otra dirección. Existen sospechosos, documentos policiales, testimonios contradictorios y toneladas de literatura, pero ninguna prueba definitiva que permita identificar al llamado Jack el Destripador. La verdad continúa siendo un misterio, pero sabemos con certeza que no residía en el palacio real.



















































