Hay películas que envejecen y hay otras que, con el paso de los años, parecen convertirse en espejos de nuestra realidad. La Ley de Herodes, la conocida sátira política mexicana, pertenece a ese segundo grupo.
Uno puede verla, reírse de lo absurdo de algunas situaciones y pensar: “esto solamente puede pasar en una película”. Pero después observa algunas decisiones que se toman en Honduras, los cambios constantes, los trámites, las disposiciones improvisadas y las interpretaciones burocráticas que aparecen de un momento a otro, y la risa comienza a convertirse en preocupación.
No porque Honduras sea literalmente la historia que cuenta la película, sino porque existe una sensación ciudadana que resulta demasiado familiar: cuando las instituciones complican aquello que deberían facilitar, la burocracia termina convirtiéndose en parte del problema.
Cuando gobernar se convierte en complicar
Un Estado necesita leyes, reglamentos, controles y procedimientos. Eso es indiscutible.
Las reglas son necesarias para garantizar orden, transparencia y justicia.
El problema comienza cuando parece que cada dificultad se pretende solucionar creando otro requisito, otro procedimiento, otra interpretación, otra regulación o una nueva disposición.
Entonces ocurre algo curioso.
El ciudadano que quiere hacer las cosas correctamente termina preguntándose:
“¿Y ahora qué inventaron?”
Esa expresión, aunque pueda parecer humorística, refleja algo mucho más profundo: incertidumbre.
Una empresa necesita saber cuáles serán las reglas para invertir. Un emprendedor necesita estabilidad para contratar personal. Un ciudadano necesita comprender qué debe hacer para cumplir sus obligaciones.
Cuando las reglas cambian constantemente o las decisiones parecen improvisadas, planificar se vuelve cada vez más difícil.
El problema no son las leyes
Aquí debemos ser responsables.
El problema de Honduras no puede reducirse simplemente a decir que existen demasiadas leyes.
El verdadero problema aparece cuando existe una combinación peligrosa:
burocracia + improvisación + poca claridad + cambios constantes.
Una buena regulación debería solucionar un problema.
Si después de implementarla necesitamos cinco explicaciones, tres circulares, dos aclaraciones y una conferencia de prensa para entenderla, probablemente algo salió mal desde el principio.
Gobernar también significa simplificar.
La eficiencia de un Estado no debería medirse por la cantidad de documentos que produce, sino por la cantidad de problemas que consigue resolver.
Ahí aparece “La Ley de Herodes”
La genialidad de La Ley de Herodes está precisamente en utilizar el absurdo para mostrar cómo las instituciones pueden deformarse cuando las reglas dejan de ser instrumentos para servir a la sociedad.
Por eso resulta inevitable encontrar ciertos paralelismos con nuestra realidad latinoamericana.
No estoy diciendo que Honduras sea la película.
Estoy diciendo algo quizá más incómodo:
hay momentos en los que algunas decisiones hacen que la película deje de parecernos exagerada.
Y cuando una sátira política comienza a sentirse familiar, deberíamos prestarle atención.
El empresario también paga la improvisación
Existe además una realidad que muchas veces se observa únicamente desde un escritorio gubernamental.
Cada nueva regulación tiene un costo.
Cada formulario tiene un costo.
Cada trámite tiene un costo.
Cada cambio de procedimiento tiene un costo.
Quizá para una institución modificar un requisito significa simplemente publicar una disposición. Para una empresa puede significar cambiar sistemas informáticos, capacitar empleados, contratar asesoría, modificar procesos y dedicar horas de trabajo a comprender nuevamente cómo cumplir.
Y esas horas cuestan dinero.
Para una empresa grande puede representar una molestia.
Para una pequeña empresa puede convertirse en una barrera.
Para un emprendedor que apenas comienza puede ser la diferencia entre formalizarse o continuar trabajando fuera del sistema.
Por eso la simplificación administrativa no debería verse como un favor hacia los empresarios.
Es una política de desarrollo económico.
Honduras necesita reglas claras
No necesitamos un país sin controles.
Necesitamos algo mucho más razonable:
controles inteligentes.
Necesitamos instituciones modernas, procesos digitales, reglas comprensibles y decisiones técnicamente fundamentadas.
Si queremos atraer inversión, generar empleo y desarrollar empresas competitivas, debemos ofrecer algo que todo inversionista valora profundamente:
certeza.
Que las reglas de hoy no dependan de la interpretación de mañana.
Que una empresa pueda proyectar cinco años hacia adelante.
Que cumplir con el Estado sea sencillo para quien realmente quiere cumplir.
Y que la tecnología sirva para eliminar burocracia, no simplemente para digitalizarla.
Porque poner un formulario absurdo en Internet no elimina la burocracia.
Solo convierte el formulario absurdo en un formulario digital.
Criticar también es querer al país
A veces creemos equivocadamente que cuestionar una decisión gubernamental significa estar en contra de Honduras.
Es precisamente lo contrario.
Una democracia necesita ciudadanos capaces de preguntar:
¿Para qué sirve esta medida?
¿Qué problema pretende solucionar?
¿Cuánto costará implementarla?
¿Se consultó con quienes tendrán que cumplirla?
¿Existe una manera más sencilla de alcanzar el mismo objetivo?
Esas preguntas deberían hacerse independientemente de quién gobierne.
Los gobiernos cambian.
Las instituciones permanecen.
Y Honduras necesita instituciones que funcionen bien independientemente del color político que ocupe temporalmente una oficina.
Que la realidad no termine superando la sátira
La Ley de Herodes fue creada para hacernos reír, incomodarnos y reflexionar sobre el poder y las instituciones.
Sería lamentable que algún día dejáramos de verla como sátira y comenzáramos a utilizarla como manual para comprender nuestra realidad.
Honduras tiene empresarios capaces, profesionales preparados, jóvenes con talento y una posición geográfica extraordinaria.
Lo que necesitamos no es complicarles el camino.
Necesitamos despejarlo.
Menos improvisación.
Menos burocracia innecesaria.
Más planificación.
Más tecnología.
Más transparencia.
Más reglas claras.
Porque un país no avanza cuando sus ciudadanos aprenden a sobrevivir a la burocracia.
Un país avanza cuando sus instituciones aprenden a facilitar el progreso de sus ciudadanos.
Y quizá esa sea la gran lección que podemos sacar de aquella película:
cuando una decisión pública comienza a parecer parte de una comedia política, tal vez sea momento de preguntarnos seriamente si estamos administrando un país… o escribiendo el próximo capítulo de La Ley de Herodes.













































