En su segundo mandato, el presidente Donald Trump ha convertido a México —antes su chivo expiatorio favorito— en uno de sus aliados más cercanos e importantes. Un giro inesperado en la política internacional que redefine las alianzas regionales en América.
Los dos países han ampliado la cooperación para frenar los cruces fronterizos ilegales a mínimos históricos, han unido fuerzas para desarticular a los cárteles de la droga y han aumentado el comercio para convertirse en sus respectivos mayores socios comerciales. Esta colaboración contrasta con la retórica hostil que caracterizó el primer mandato de Trump hacia México.
Para Centroamérica, este cambio tiene implicaciones directas. La alianza del Escudo de las Américas, impulsada por la Casa Blanca, tuvo su primer foro en Miami con la participación de Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Honduras, Panamá, Paraguay y República Dominicana. Honduras forma parte activa de esta iniciativa de seguridad que busca contrarrestar el narcotráfico y la migración irregular en la región.
La creciente alianza ha sido fomentada en parte por una relación cálida entre Trump y Sheinbaum, forjada a lo largo de más de 20 conversaciones. Sheinbaum habla inglés en sus llamadas y tiene como objetivo explicar con claridad los logros de México para avanzar en las prioridades de Trump, lo que incluye enviar gráficos que muestran la disminución de los cruces fronterizos y de las incautaciones de fentanilo. Este modelo de cooperación podría servir de referencia para otros países centroamericanos en sus relaciones con Washington.
Analistas advierten que el T-MEC tiene un mecanismo de revisión a los seis años, por lo que la revisión oficial será en 2026. Cualquier cambio en este tratado podría afectar significativamente las exportaciones de toda la región centroamericana hacia Estados Unidos y México.


















































